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El Norte de España es maravilloso

La semana pasada me fui de viaje con mi chico por el Norte de España. No tuvimos demasiadas vacaciones en Navidad y decidimos compensarlo con un viaje en pareja aprovechando las fechas de San Valentín.

Hasta aquí, todo muy romántico; lo que no sabíamos era que justo esa semana iba a ser la más fría, lluviosa y ventosa de todo el invierno. Recuerdo que durante el viaje pensé en más de una ocasión “con el invierno tan caluroso y primaveral que hemos tenido todo el año ¡y justo la semana que llueve tiene ser esta!”. En fin, Murphy siempre está ahí para recordarnos su irónica ley.

Durante el viaje de ida el coche casi se nos vuela por el camino, pero al final llegamos a nuestro primer destino.

Primera parada: Salamanca

Había oído hablar de los encantos de esta ciudad en mil ocasiones, así que tenía que verla con mis propios ojos. Para visitarla yo os recomiendo reservar la visita turística organizada por la Oficina de Turismo y la visita nocturna en la que se cuentan muchas de las leyendas y anécdotas de la ciudad. Se aprenden muchas cosas de una manera muy amena. Por ejemplo, en la famosa Casa de las Conchas, faltan todas las conchas de su fachada que estaban a la altura de los viandantes porque se decía que bajo una de estas conchas se escondía un tesoro, lo que hizo que muchos ciudadanos se animaran a expoliar este ornamento. También os diré que, tanto en este edificio como en muchos otros de la ciudad, podéis encontrar un elemento arquitectónico muy curioso: el arco salmantino. Este arco combina líneas con trazos curvos y es el que podéis ver en los arcos inferiores del patio que se ve en la siguiente imagen (¿me veis?).

casa de las conchas
Casa de las Conchas

Otra construcción que seguro que os sonará es la Plaza Mayor de Salamanca. En esta foto podéis haceros una idea de lo gris y nublado que estaba el día cuando la visitamos.

Plaza mayor de Salamanca
Plaza mayor de Salamanca

¿Vosotros habéis ido a esta ciudad? ¿Conseguisteis encontrar al astronauta de la catedral o la ranita en la portada de la universidad ? Os dejo un par de pistas en estas fotos.

Astronauta y ranita en Salamanca
Astronauta y ranita en Salamanca

De Salamanca nos hemos traído un jamón… uffff ¡qué jamón! Bueno, para ser francos, es una paletilla, pero nos salió muy económica y excepcionalmente sabrosa. La tienda donde la compramos se llama Mulas y está en la calle Rúa Mayor (si vuelvo a Salamanca, seguro que repito).

Segunda parada: Comillas

¡Menudos paisajes espectaculares que tiene Cantabria! El mar y a pocos kilómetros los montes verdes, verdísimos. Además, como ya os dicho que viajamos en la semana más fría de todo el invierno, también pudimos disfrutar de unas carreteras que serpenteaban por las nevadas montañas de los Picos de Europa. ¡Impresionante!

Comillas
Comillas

En la triple foto de arriba se puede apreciar la mágica arquitectura de Cantabria, totalmente distinta a la arquitectura del interior de España, del Levante o de Andalucía. Se trata de la Casa del Duque sobre una de las colinas de la ciudad, el Palacio de Sobrellano y el Cementerio Gótico en el que destaca la escultura de “El Ángel”.

En la imagen de abajo podéis deleitaros con “El Capricho” de Gaudí. Sí, sí, habéis leído bien: un edificio de Antonio Gaudí en Comillas. Esta obra fue proyectada por Gaudí pero su construcción fue dirigida por Cristóbal Cascante, amigo y compañero de Gaudí. El edificio fue encargado por Máximo Díaz de Quijano, que era concuñado de Antonio López y López, suegro a su vez del conocido mecenas de Gaudí, Eusebi Güell. Ya veis, todo queda en familia.

Sin embargo, como os decía, la arquitectura cántabra es mágica por sí sola, y basta recorrer los alrededores de El Capricho para encontrar otras perlas como esta casa rústica de balcón perfecto con la que me quedé prendada al instante. ¿No os gustaría tener una casita así algún día?

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El Capricho de Gaudí y una casita anónima justo enfrente

Pero el hechizo de Comillas no termina aquí. Mientras recorríamos los alrededores del Cementerio, mirad que foto pude hacer. ¿No parece que las nubes del cielo estén embrujadas y vayan a cobrar vida en cualquier momento producto de un misterioso sortilegio?

comillas nubes
Mi chico y la magia de Comillas

Tercera parada: Santander

Llegamos a El Sardinero y hacía un frío que pelaba. Creo que apenas podéis percibirlo en esta foto frente al Casino en la que no se me ven ni las orejas, ¿verdad? Una playa preciosa, pero con el viento que hacía yo solo pensaba en irme de allí para resguardarme. ¡Cómo puede llegar a afectar el clima a la percepción de un viaje! ¿no?

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Casino y playa de El Sardinero

Un poco más acostumbrada al frío y al viento, llegué a la península de La Magdalena. ¡Increíbles las vistas del mar desde allí! ¿Habéis visto cuánta espuma? Yo creo que nunca había visto un mar tan blanco.

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Vistas desde la península de La Magdalena

En esta pequeña península se puede disfrutar de un pequeño zoo gratuito donde encontraremos focas (arriba) y leones marinos (abajo). En esta ocasión, había bajado la marea y los leones se habían quedado sin agua, caminando desconcertados preguntándose cuándo volvería a llenarse su pequeño refugio.

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Focas y leones marinos en La Magdalena

¿Os suena este palacio? Así es señores, este es el hotel de la serie Gran Hotel. Lo que tal vez no sabíais (si no sois de Santander) es que este palacio se construyó a principios del siglo XX como residencia de veraneo de Alfonso XIII.

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Palacio de La Magdalena

Siguiente parada: el Parque de Cabárceno

Y no podíamos pasar por Santander sin visitar el Parque de la Naturaleza de Cabárceno, una visita que ya nos habían recomendado varios familiares. La verdad es que da gusto ver cómo allí todos los animales gozan de un espacio más que suficiente para vivir en un ambiente natural con rocas, prados, lagos… ¡espectacular!

Aquí nos encontramos con un primo lejano de Agapito (nuestra tortuga) comiendo unas judías y manzanas deliciosas ¡qué menú más rico y nutritivo!. Y también sentí de cerca la mirada de una rapaz: sostuve sobre mi brazo a un señor pigargo (o águila americana) de 5 kilos. ¡Madre mía! Aunque no lo parezca, os puedo asegurar que un ave de esta envergadura pesa lo suyo.

tortuga y águila
Tortuga terrestre y águila americana

¿Y qué sería de nosotros si no lográsemos interactuar con algún animalito en cada viaje? Esta vez, fue esta mimosa gatita que nada más vernos se acercó a mí, se me subió encima y me frotaba su cabecita para que no dejase de acariciarla. ¡Y lo que me gusta a mí! Me enamoré de ella al instante, ¡hasta la bauticé! le puse por nombre Mimi (por su carácter mimosín, claro está). Cuando continuamos nuestra visita por el parque Mimi me seguía, y si me sentaba, ella se sentaba a mi lado o encima de mí. Vamos, estuve a nada de llevármela a casita para que formase parte de mi pequeña gran familia. Pero mi chico me convenció de que quedándonos tres días más de viaje y estando a tantos kilómetros de casa, tal vez no era muy buena idea. ¡Menos mal que uno de los dos tiene una mente sensata! Pero, aunque penséis que estoy loca, yo sigo enamorada de ese encuentro y espero que a Mimi todo le vaya muy bien por el parque de Cabárceno.

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Mimi y yo

Y los osos… ¡qué simpáticos los osos! En pocos parques zoológicos los he visto, pero cuando  he tenido la ocasión los miro embelesada encontrando las grandes similitudes que existen con los humanos. En esta imagen: uno vigila desde un risco, como si fuese su momento zen mirando al horizonte, o simplemente como si se asomase al balcón a comprobar que todo sigue igual que ayer. Otro ejemplar está tumbado en el suelo totalmente espatarrado, disfrutando del frescor de la hierba. Un compañero que andaba cerca estaba investigando el sabor del tuétano de un hueso; como no llegaba con la lengua a la parte más interna rebuscaba con sus uñas por dentro del hueso como si se tratase de un niño goloso que no llega al fondo del tarro de la mermelada. Lo dicho: como si fuesen personitas, ¡para comérselos! Eso sí, cuidado con ellos que ojito con las uñas que se gastan…

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Los osos pardos ocupados con sus quehaceres

¡Y cómo no! En nuestra ruta recorriendo la fauna salvaje no podía faltar una sesión de fotos bien extensa de los felinos del parque (os prometo que tengo muchísimas más fotos, pero me he contenido y no las he puesto todas). Un imponente tigre siberiano, un lince europeo estirándose tras su siesta vespertina y una grandiosa pantera negra a la que pillé bostezando y enseñando su rasposa lengua rosa. ¡Ay! Qué ternura me dio ver a esta pantera haciendo exactamente la misma ceremonia de desperezo que Ru (nuestra panterita doméstica particular). Gajes del oficio de enamorada de los felinos: que cualquier cosa que hagan, me hace gracia.

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Tigre siberiano, lince europeo y pantera negra

A media tarde se puso a granizar en medio del monte, pero no una granizada sutil, no ¡una granizada en la que caían piedras de hielo con un traqueteo incesante y ensordecedor! Al señor rinoceronte, que no habría visto demasiadas precipitaciones de este estilo en su tierra natal, esto le pareció un truco del diablo, y se puso como loco a dar vueltas intentando resguardarse. ¡Nunca había visto correr tanto ni a tal velocidad a un rinoceronte! Pobrecillo. Quisimos dejar documento gráfico de aquello, pero cuando salimos de nuestra estupefacción y nos animamos a salir del coche para filmarlo, de repente el granizó cesó igual de rápido que había empezado y el señor rinoceronte se calmó. ¡Menuda experiencia! Las fuerzas de la naturaleza interactuando entre ellas.

Santoña
Santoña

Y no podíamos irnos de Cantabria sin antes pasar por Santoña. ¡Menudas anchoas más sabrosas! ¡qué bonitos tan apetitosos! Un placer al paladar al que no nos pudimos resistir y nos llevamos latas y latas de estas deliciosas viandas para poder seguir disfrutando en casa de estos sabores a kilómetros de allí.

Última parada: Bilbao y alrededores

Antes de pasar el día en Bilbao, nos alojamos en un pueblecito cercano llamado El Regato. Allí ya nos impregnamos de la naturaleza cercana al río, del respirar en un ambiente verde paradójicamente muy cerca de la ciudad.

Y por la tarde, seguimos con el plan campestre y fuimos a hacer una caminata por San Juan de Gaztelugatxe. Se trata de un islote unido a la tierra por un puente construido por el hombre. Tras 241 escalones se encuentra una pequeña ermita donde se respira paz y es un mirador perfecto para observar la costa y el horizonte del mar.

San Juan de Gaztelugatxe
San Juan de Gaztelugatxe

Si pasáis por Bilbao, esta es un visita 100% recomendable. Las vistas son impresionantes antes de llegar, una vez arriba y de nuevo al bajar. Me recuerdan un poco a otro paisaje increíble del que puede que os hable otro día: John O’Groats en el Norte de Escocia.

Vistas desde la ermita de San Juan
Vistas desde la ermita de San Juan (y nosotros haciendo el tonto)

El día siguiente lo pasamos en Bilbao. Y cómo no: pasear por la ría y descubrir las curvas infinitas del Guggenheim era ineludible.

El Guggenheim de Bilbao
El Guggenheim de Bilbao

Menos mal que el día en Bilbao nos salió un poco menos lluvioso que en Santander o en Salamanca y ya pudimos vestirnos más de personas normales. Y aprovechando nuestras galas nos paseamos por todo el centro y la Ría de Bilbao: el paseo Uribitarte, el mercado de la Ribera, las callejuelas cerca de la catedral, los más de diez puentes que cruzan la ría…

paseo por bilbao
Paseo de Uribitarte y Mercado de la Ribera

Algo de visita obligatoria es subir en el funicular de Artxanda y contemplar las vistas de la ciudad desde lo alto de la colina. Si os sale un buen día será un paseo placentero, y si el día es frío y ventoso (como se puede comprobar en esta foto) podréis descubrir cómo las montañas de la sierra custodian muy de cerca la ciudad de Bilbao luciendo unas distinguidas cumbres nevadas.

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Vistas desde el monte Artxanda

Luego por la noche, nada mejor que ir de tasca en tasca degustando los mejores pintxos y caldos (para entrar en calor) de cada local. Una amable pareja bilbaína que nos encontramos al mediodía nos recomendó los mejores lugares que ellos conocían, y nosotros, muy obedientes ¡no nos dejamos ni uno por visitar!.

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La Fuente de Fuego de Yves Klein bajo la mirada del puente de La Salve

Y para decir adiós a este viaje, os dejo con la mágica imagen del atardecer desde el interior del museo Guggenheim: en ella se mezclan la tierra vizcaína, el agua de la ría del Nervión, el aire desafiado por el puente de la Salve y cinco surtidores de fuego que forman parte de la obra de arte Fuente de Fuego de Yves Klein.

Espero que, a pesar de haberme desviado de mi temática habitual y de que los paisajes que tuvimos esta fría semana sean grises y nublados, os haya gustado este viaje y os haya resultado inspirador. Me consideraré feliz si he conseguido originaros alguna curiosidad por visitar estos lugares o si he conseguido despertar vuestra nostalgia si alguna vez estuvisteis allí.

Un abrazo enorme a tod@s y nos vemos en el próximo post.

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