chica y gato PIF

Mi experiencia con el PIF – Un día en el veterinario

Escribo esto porque ayer se cumplieron tres años desde el día que narro en esta historia. Para mí es muy triste recordarlo, pero hoy considero que la mejor manera de honrar a ‘Elrond’ es dar a conocer esta terrible enfermedad.

30 de noviembre de 2013

Llevaba todo el día corriendo de aquí para allá y no sabía si nos daría tiempo a llegar puntuales a la cita del veterinario.

Habíamos estado allí el día anterior para hacerle los análisis a Elrond y ver si mejoraba. Llevaba ya un par de meses con unas toses que no me gustaban nada, y también estaba su pérdida de apetito y de ganas de jugar. Tal vez no era nada, pero había que hacerle pruebas. No obstante, el día anterior, el gato se había puesto muy nervioso en la consulta y empezó a faltarle el aliento en pleno ataque de ansiedad. Los gatos se infartan fácilmente en ese estado de estrés, así que nos dijeron que volviésemos al día siguiente para sacarle sangre sedado.

Empezamos mal: llegamos a casa, cogimos el transportín y Elrond no quería meterse. Normal, después de su episodio anterior en el veterinario. Le quise dar un premio para motivarlo a entrar.

– ¡No! -me dijo mi chico– Tiene que estar en ayunas, que lo van a sedar.

«Es verdad» pensé, «¡Qué tonta!». Al final, con el transportín en vertical conseguimos hacer entrar al gato levantándolo y metiendo primero sus patas de atrás, luego las delanteras y por último su cabecita que quedó asomada como pidiendo a gritos «Dejénme salir».

Al entrar al coche con las prisas, se me olvidó ponerlo encima de mí para hacerle más llevadero el viaje. Así que, a mitad de trayecto, comenzó a maullar con ese tono suyo angustiado de cuando lo dejamos solo en el asiento de atrás.

Nos costó muchísimo aparcar, pero al menos hoy no había un pastor alemán enorme esperándonos en la consulta del veterinario para asustar a Elrond.

– ¿Elrond?  –nos llamó la veterinaria– ¿Cómo está hoy el peque?

– Mejor –respondí yo mientras ella nos invitaba a pasar a la primera sala de consultas.

Ya le habíamos contado el día anterior que aunque estaba mejor que antes del tratamiento antiparasitario, Elrond no había vuelto a ser el mismo: ya no jugaba nunca, se pasaba todo el día durmiendo y comía muy poquito. La veterinaria procedió a sedar al gato. Lo sujetamos entre los tres para ponerle la inyección. Luego, lo metimos en el transportín para que se sintiese a salva y se durmiese. Sí que se había puesto nervioso, respiraba aceleradamente. La doctora salió de la habitación y yo me quedé de cuclillas acariciando a Elrond hasta que se durmió.

gato blanco y negro
Elrond durmiendo en su mantita roja

 

Mi chico y yo comenzamos a hablar, no recuerdo muy bien de qué. Pensé que nuestras voces lo tranquilizarían más. Elrond se asomó un poco e hizo un amago de vomitar, pero solo salió saliva. Supuse que serían efectos secundarios del sedante. Al momento, se le cayó la cabecita encima de la baba y así se quedó: con la nariz sonrosada contra el acero. Aún jadeaba un poco. ¡Qué penita verlo así! Seguí acariciándole la cabeza, no sabía si dormía ya o no. Tenía los ojos abiertos, y esa respiración…

Al rato entró la veterinaria. Yo seguía en cuclillas acariciando a Elrond.

– No sé si se ha dormido ya; tiene los ojillos abiertos todavía –le dije.

–No te preocupes, suelen quedarse así. Está dormido.

Lo sacó del transportín y puso al gato al borde de la mesita metálica para extraerle sangre. Mientras, la chica me pidió que le recordase la historia del gatito: lo habíamos adoptado en abril, él nunca llegó a pisar la calle, pero su mamá vivía en una colonia, hasta que una voluntaria la acogió en su casa para que diese a luz y se encargó de que todos los gatitos fuesen adoptados. Elrond fue el más guapo al nacer, por supuesto: con un dibujo de manchas negras perfectamente derramadas sobre un fondo de pelaje blanco.

gato cabalgando
Desde el primer día en que llegó a casa, Elrond se mostró muy sociable: se instaló sobre mi espalda. ¡Ah! Y siempre salía el primero a recibir a las visitas.

La veterinaria salió de la habitación y la llevó a analizar.

–¡Menudo disgusto le hemos ahorrado a Elrond! –le dije a mi chico recordando los gruñidos del gato la del día anterior.

Me sonrió y me dijo que sí con la mirada perdida en el pasado. La veterinaria volvió a entrar y miró a Elrond.

– Sigue respirando un poco nervioso –le dije. «Respira como sí que supiese que le hemos extraído sangre», pensé.

– Sí, no me gusta nada esa respiración –confesó ella apretando los labios– Iba a esperarme al resultado de los análisis, pero le voy a hacer ya una placa; no me gusta nada esa respiración –repitió mientras cogía al gato en brazos con muchísimo cuidado. –Qué mono está así dormidito.

Los dos desaparecieron tras la puerta. La verdad es que así, dormido como estaba y en los brazos de aquella chica, parecía un gato todavía más pequeño y tierno. Le dije a mi chico que me encantaba cómo esa chica trataba a los gatos. Hasta ahora no habíamos ido a ningún veterinario al que pareciese que le importara tanto la vida de los animales.

Al cabo del rato, la veterinaria volvió y nos enseñó la placa en una pantalla. Venía seria. «¿Qué querría ver en la radiografía? ¿Una costilla rota? ¿Podía influir eso en la respiración de un gato». Nos empezó a explicar lo que se veía en la imagen: las manchas blancas, el pulmón… yo asentía, pero en realidad me estaba enterando solo de una pequeña parte de lo que decía.

– Esto no indica nada bueno, chicos –Empecé a concentrarme más en lo que nos contaba. Logré entender algo de un pulmón con líquido. «¿Pulmones encharcados?» No, eso no sonaba bien.

La chica nos dijo que habría que hacer otra placa para ver si los dos pulmones contenían líquido o solo uno. Nos pidió que alguno de nosotros la ayudase a ponerlo en la posición adecuada mientras le hacia la placa. Salí detrás de la veterinaria que volvía a llevar a Elrond en brazos con mucho mimo. Llegamos a la sala de las placas, dejó al gatito en la mesa con cuidado. Yo no sabía bien dónde ponerme ni qué debía hacer. De nuevo tal vez por llenar el silencio le dije:

– Sí que le cuesta respirar, sí…

– Cada vez más, sí, y no me gusta nada.

Estaba dando bocanadas; era como si, a pesar de estar dormido, se estuviese enterando de todo lo que pasaba y se estuviese poniendo nervioso.

De repente, antes de poder hacerle las placas, la veterinaria me dijo que había que intervenirlo de urgencia. Había que sacarle el líquido de los pulmones: cada vez le costaba más respirar. Cambiamos de sala corriendo. Yo no sabía si coger al gato yo o si lo debía hacer ella. Así que lo hizo ella. Le puso oxígeno con una mascarilla que parecía una tetina de biberón puesta del revés. A continuación, cogió una maquinilla y empezó a afeitarle el pechito que cada vez subía y bajaba más acusadamente. A pesar de la urgencia del momento, la mujer hacía las cosas con mucha calma. Yo acariciaba a Elrond mientras le sujetaba la mascarilla. Esas caricias no tenían sentido, él no podía notar mi presencia, pero yo no sabía lo que hacer viéndolo allí tirado e indefenso. Sin darme cuenta, la chica había desaparecido. Al cabo de un minuto, volvió y mi chico apareció tras ella. Entonces, la veterinaria le pinchó en el pecho al gato con una aguja conectada a una especie de grifo pequeño que cerraba el paso entre la jeringuilla y la sonda. Me parecía todo tan irreal… Estábamos los cuatro dentro del quirófano y apenas una hora antes yo estaba tan tranquila haciendo la compra del sábado.

Un líquido amarillo empezó a deslizarse por el interior de los tubos cada vez que ella giraba el grifito, y el líquido caía sobre una tarrina de plástico que había debajo. No sé cuántas veces giró ese grifo, cortando el paso del líquido y volviéndolo a abrir cada vez que la jeringuilla se llenaba. ¿Veinte veces? ¿Cincuenta? ¿Cien? A mí me pareció una eternidad. Mi vista estaba clavada en ese grifito que se abría y se cerraba sin parar. De vez en cuando, mis ojos se posaban en el pecho de Elrond con aquella estaca clavada. Al final dejó de salir líquido.

– Por fin –dijo ella– Parecía que nunca iba a dejar de salir.

 Elrond respiraba mejor, pero ella me dijo:

– No pienses que es por el oxígeno, es porque le hemos quitado todo esto de ahí dentro.

Con los apenas 3 kilos que pesaba Elrond, había conseguido llenar aquel vaso con solo un pulmoncito.

Entonces llegaron las conclusiones de la doctora. Nos dijo que con esos pulmones y el pasado del gato solo cabía una explicación posible: Elrond tenía PIF, probablemente su madre lo contagió durante el embarazo, una enfermedad que solo tenían los gatos callejeros. Al parecer no era muy común, y tampoco se manifestaba en todos los portadores, pero el caso estaba bastante claro.

La verdad es que yo no entendía nada todavía. ¿Qué era el PIF? ¿Qué suponía que Elrond tuviese esa enfermedad? Parece que mi chico me leyó la mente porque le preguntó qué significaba PIF.

– Peritonitis Infecciosa Felina.

Nos explicó que tenía dos fases: una seca y una húmeda. La seca provocaba dolores en el aparato digestivo, eso explicaba la falta de apetito. La húmeda era la que estaba sufriendo ahora: afectaba al aparato respiratorio, encharcando los pulmones. La enfermedad era causada por un virus que, al parecer era altamente letal. Letal. Esa palabra empezó a retumbar en mi cabeza. ¿Letal? ¿Cómo es posible? Solo hemos venido aquí porque el gato estaba raro, nunca se llegó a quejar. Oía de lejos cómo decía que Elrond había demostrado que soportaba muy bien el dolor, sin llegar a quejarse nunca, reponiéndose cada vez en estos dos últimos meses en los que siempre tenía algún día malo.

– Pero muy pocos gatos consiguen superar un PIF –«¿Cuánto son muy pocos gatos?» pensé yo.– Un uno por mil –fue la respuesta.

En mi cabeza ahora chocaban dos ecos: «letal», «uno por mil».

– Pero esta fase en la que está él está ya muy avanzada. Mirad todo lo que le ha salido de un solo pulmón. Y a saber si el otro está igual.

Yo la miraba fijamente, sin pestañear. Sin sonreír, pero sin muecas tristes. Intentando procesar toda aquella información. Nueve meses. Elrond solo tenía nueve meses. ¿Cómo podía estar tan malito?

– Chicos, lo que os voy a decir ahora es muy duro –continuó– Pero ahora lo que debéis decidir es si queréis que le intentemos vaciar el otro pulmoncito y vuelva a casa, o si queréis que Elrond se quede aquí.

 «¿Aquí? No era posible ¿Aquí dónde?» No recuerdo si lo pregunté yo o mi chico:

– ¿Cuánto tiempo puede vivir así?

– Días, quizá horas…

– ¿Y su muerte sería muy agónica? –alcancé a decir yo.

–Mucho. Sería una muerte por asfixia cuando sus pulmones volvieran a encharcarse una y otra vez hasta que no le dejasen respirar.

Elrond estaba tumbado en la mesa, no sé si ajeno a todo aquello o sufriendo en silencio como parecía que había estado haciendo tanto tiempo. Ella nos dijo que atendería a otro paciente mientras lo pensábamos. Antes de dejarnos, le puso una toalla debajo para que no se enfriase al permanecer tanto tiempo sobre el acero frío.

No recuerdo cómo fue la conversación con mi chico. Con pocas palabras, eso sí lo recuerdo. Él quería ahorrarle sufrimiento. Yo no quería dejarlo marchar. Con tanto tiempo en casa, sola, mientras él estaba en otra ciudad trabajando, Elrond se había convertido en mi pareja ideal: nos acurrucábamos en el sofá, cenaba a su lado, nos hacíamos un ovillito en la cama, me calentaba los pies cuando los tenía fríos, que era casi siempre.

gato y chica sofá
Mi inseparable Elrond

– No le queda nada de tiempo –me decía–. Y ya has oído que sería una muerte muy agónica, la peor diría yo. Morir por asfixia es algo que no le desearía a nadie.

– Pero sabe dar la patita –le dije yo casi llorando. Tras muchos meses de entrenamiento, Elrond había aprendido a dar una pata y luego la otra, a levantarse cuando le decía “arriba”, “sienta”, “sube”, “baja”, “choca la pata”… Todo. Lo sabía hacer todo. Era un gato extremadamente inteligente. Sabía concentrarse. Lo hacía a cambio de algún premio, pero muchas veces prefería eso a jugar de manera convencional. ¿Qué otro gato podía hacer eso? Elrond era especial, era mimoso, era listo, era mi compañero de batalla, el único que me recibía en casa al llegar del trabajo, el único que se tumbaba a mi lado mientras escribía. Nunca pidió nada a cambio. Y siempre estaba allí. Estaba allí para mí.

gato en pie
Elrond en uno de sus entrenamientos (¡Qué gato más listo!)

Y yo que había empezado a creerme todo lo que me decían mis padres…

– Como eres una mamá primeriza, –refiriéndose al gato, yo aún no tengo hijos– te preocupas en exceso. Pero al gato no le pasa nada. Simplemente ha dejado de ser un cachorrito que solo quiere jugar. Por eso está más tranquilo.

Llegué a creérmelo todo. Y resulta que Elrond se estaba muriendo delante de mis narices con una enfermedad de síntomas tan genéricos que, según nos aseguró la veterinaria, es casi imposible de diagnosticar hasta que no llega al estado por el que estaba pasando Elrond ahora.

No quería dejarlo marchar. Pero también sabía que estaba siendo egoísta. Mi chico tenía razón. Pero, ¿Cómo era posible que pasásemos de un gato al que ningún veterinario sabía hacerle un diagnóstico a uno al que había que sacrificar hoy mismo? Lo acepté, y en ese momento imaginé que al día siguiente Elrond se despertaría a los pies de la cama como todos los días. No estaba segura para nada de la decisión que estábamos tomando. Me senté al lado de “mi niño”. Le acaricié la cabeza. Le besé el pecho recién afeitado. Qué suave estaba con pelo o sin pelo, siempre suave.

– ¿Dónde has ido antes?  –le pregunté a mi chico, recordando que por un momento me había dejado a solas con la doctora mientras la mujer me explicaba en qué consistía el PIF–. A sentarme a la sala de la consulta. Me estaba mareando.

Me levanté y comprendí que a quien tenía que abrazar no era a Elrond sino a él. Nos apretamos el uno contra el otro sin fuerza. Él lloró. Ha sido una de las pocas veces que lo he visto llorar. Yo me atragantaba entre mis sollozos.

Los dos nos acercamos a Elrond. Él lo acariciaba con lástima. Yo le rascaba debajo de la barbilla, tal y como le gustaba. ¡Como si pudiese sentirlo! Lo abracé. Apoyé mi cabeza sobre su pequeño cuerpo. No quería irme de allí. No sé cuánto tiempo estuve dándole mimos a esa bolita de pelo, mientras su pecho subía y bajaba sin parar. Qué alivio, subía y bajaba. No sé por qué me aliviaba eso, ya habíamos decidido el final.

Al cabo de unos minutos, llegó la veterinaria.

– ¿Habéis decidido algo?

– Lo dejamos aquí –dijo mi chico dejando suspendido en el aire un gallo sobre la “i”.

Ella nos miró con lástima. Yo imaginé que pensaba: «Pobres. No se lo imaginaban al entrar aquí».

– ¿Es lo que tú harías si fuese tu gato? –le pregunté.

Me dijo que sí, que como veterinaria le encantaría sacar un PIF adelante, pero que si fuese su gato esto sería lo que haría. Lo contrario sería hacer sufrir mucho a un gato solo por la remota posibilidad de colgarse una medallita por haber logrado salvar a un PIF. Nos preguntó si queríamos marcharnos dejándolo así dormido o nos queríamos quedar hasta el final. No sabía qué responder. Yo quería estar con Elrond todo el tiempo posible. Pero ella nos explicó que lo mejor es verlo dormidito como última imagen. Tenía razón. No sé si habríamos aguantado ver el final. Aceptamos. Nos dejó un tiempo para despedirnos.

gato en la cama
Elrond acurrucado entre las sábanas

– Ya nos hemos despedido –dijo mi chico.

No. Yo quería volver a darle besitos en su diminuta cabeza. Como cada mañana al despertarnos. Por un lado deseaba que se despertase con mis besos. Por otro lado, pensaba que sería mejor que no despertase justo ahora para ser consciente de su final.

Mi chico salió. Yo me quedé un rato más con él, no sé cuánto, acurrucando mis brazos y mi cabeza a su lado. Al cabo de unos minutos llegó la veterinaria y salí de la habitación. Es verdad: no quería verlo morir. No miré hacia atrás al cruzar la puerta. Un gesto del que me arrepentí mucho los días posteriores. Tendría que haberlo visto por última vez, tranquilito tumbado sobre la toalla; y no dejarlo allí tirado sin mirar atrás. Me pudo el miedo a ver algo que no quería ver.

Ya en la recepción, la veterinaria nos dijo que lo sentía mucho. Nos preguntó si queríamos las cenizas. Miré a mi chico. ¿Habría algún sitio especial donde a Elrond le hubiese gustado quedarse para siempre? Él negó con la cabeza. La veterinaria intentó consolarnos:

– Hay veces que pasa esto. Y lo que siento es que os haya pasado a vosotros que teníais tantas ganas y tanta ilusión con este gatito.

No pude despedirme de ella sin que me temblase la voz.

Pasamos por la sala de espera. Había nuevos pacientes. Cruzamos la puerta. El frío de la calle se me caló hasta los huesos: hasta ahora había permanecido en una sensación atérmica. Puse un pie en la calle y me di cuenta de que había entrado con un gato en un transportín y que ahora salía con un transportín vacío. Elrond no volvería. Nunca.

 

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